Cuestión de actitud
No siempre podemos elegir el contexto, el proyecto o las decisiones que se toman, pero sí podemos elegir desde dónde respondemos a todo eso.
Bienvenido, bienvenida a Rodobo, un boletín quincenal que explora cómo mejorar la forma en la que trabajamos, decidimos y colaboramos. Soy Juan Rodríguez Talavera y trabajo en la intersección entre analítica digital, CRO, estrategia de producto y experiencia de usuario.
Antes de nada, feliz año. Que este sea un gran año, de esos que no destacan solo por los resultados sino también por cómo nos sentimos mientras hacemos las cosas. Un año con mejores conversaciones, y menos del ruido suele acompañar al trabajo y al día a día.
Por cierto, si tienes algún tema sobre el que te gustaría leer aquí, solamente tienes que responder a este correo y lo comentamos. Ahora si, vamos con la edición, la primera del año.
Con el paso del tiempo hay cualidades que no desaparecen sino que vuelven una y otra vez, desde contextos distintos, con matices nuevos, pero con el mismo fondo. No porque sean especialmente buenas sino porque son temas incómodos, difíciles de solucionar. Uno de ellos es la actitud. Un tema que lo cambia todo.
Y no me refiero a la actitud como elemento motivacional sino como una cualidad cotidiana, que está en las conversaciones que tenemos, en las decisiones y en la forma en la que nos movemos cuando el contexto deja de ser cómodo.
Y es que no pasa ni una semana sin que la vida, o el trabajo en este caso, me lo vuelva a demostrar. No es necesario que haya una gran crisis ni un conflicto sino que basta con una reunión tensa, un feedback que no encaja como esperabas, una decisión que no compartes o un momento de incertidumbre que se alarga más de la cuenta. Es en esos momentos cuando el entorno deja de acompañar donde empieza a verse de verdad cómo actúa cada persona.
Y lo curioso es que solemos poner el foco en los procesos, en las metodologías, en las herramientas, en las capacidades técnicas, pero hay una capa previa, menos tangible y que condiciona absolutamente todo lo demás. La forma en la que afrontas los problemas, cómo te relacionas con tus compañeros, con tus jefes o con los equipos con los que trabajas.
Suelo definirlo como la energía que llevas a una conversación incluso antes de empezar a hablar y la que te llevas después de hacerlo. Me explico un poco más.
La actitud no se nota cuando todo va bien
Cuando las cosas funcionan, todo el mundo parece colaborativo, flexible. Podríamos decir que si el contexto acompaña y las decisiones tienen sentido, es fácil moverse con cierta comodidad. En esos momentos, la actitud pasa desapercibida porque no se pone a prueba. Pero el trabajo no es siempre así, y en cuanto aparece la fricción es cuando empiezan a notarse las diferencias.
Se nota, por ejemplo, en cómo afrontas un problema que no es estrictamente tuyo sino de la compañía en general, en caso de que trabajes en una agencia de servicios. En si te limitas a cumplir con lo que te han pedido o intentas entender un poco más allá para aportar algo de valor adicional. En si reaccionas desde la queja, la distancia, la indiferencia, o desde la responsabilidad de querer que las cosas salgan lo mejor posible, aunque no sea tu terreno directo.
También se nota mucho en las relaciones. Hay personas que, sin hacer nada extraordinario, hacen que las conversaciones sean más fáciles, más claras y más sinceras. Otras, en cambio, cargan el ambiente de tensión, de desconfianza, como de estar a la defensiva, incluso antes de que exista un problema real. Y muchas veces no es lo que dicen, sino cómo se colocan frente a la situación.
Y aquí no me refiero a tener que ser siempre positivo ni de evitar el conflicto. De hecho, una buena actitud no tiene nada que ver con agradar sino que tiene que ver con desde dónde actúas. Si desde el egoísmo, la protección constante y la necesidad de tener razón, o actúas desde la curiosidad, la escucha y la intención real de construir algo mejor con otros.
Feedback, egoísmo e incertidumbre
Uno de los lugares donde la actitud se vuelve más evidente es en cómo encajamos el feedback duro. Ese que no queremos entender porque señala algo que preferiríamos no mirar. Y ahí el egoísmo suele aparecer con fuerza, intentando justificarse, desviando la atención hacía otro lado más cómodo y volviendo al tema de antes, poniéndonos a la defensiva.
Lo comentaba con un cliente que ha decidido aceptar un reto profesional mayor que el que tenía actualmente. Hay personas que escuchan para entender, que se toman un tiempo antes de responder y tratan de centrarse en lo que puede ser de utilidad. Y hay que escuchan solo para responder, para proteger su posición o para salir del paso lo antes posible. La diferencia entre unas y otras no es de inteligencia ni de experiencia, es profundamente un tema de actitud.
Algo muy parecido ocurre con la incertidumbre. En las empresas de servicios, la incertidumbre no es una anomalía, es parte estructural del trabajo. Necesidad constante de tener clientes recurrentes, cambios de prioridades, decisiones incompletas, información que llega tarde o que nunca llega del todo. Pretender trabajar sin eso es no entender el contexto en el que estamos.
Ante esa incertidumbre, algunas personas se tensan, se bloquean o se desconectan emocionalmente. Otras aceptan esa incomodidad como parte del día a día y siguen avanzando, preguntando, probando y ajustando. No porque les guste no tener certezas sino porque han entendido que esperar a tenerlo todo claro es, muchas veces, no avanzar nunca.
La energía necesaria
Luego están los conocimientos, el talento y las capacidades. Todo eso importa y mucho, pero de verdad creo que no puedes estar en una empresa, sea de servicios que son las que más conozco, por citar alguna, aunque me sirva cualquiera, sin la energía que requiere. No para ir más rápido ni para hacer más horas, sino para aguantar el tipo cuando el contexto lo necesita.
Me explico, porque la energía no es un entusiasmo permanente ni actitud impostada por lo que se necesita en ese momento sino que para mí, la actitud es presencia, implicación, es no desconectarte cuando el proyecto no es perfecto o cuando la tarea no es la más brillante del mundo. Es seguir aportando criterio, atención y cuidado incluso en escenarios que no están del todo claros.
He visto cómo en algunos casos una sola persona, empujando, puede cambiar una dinámica. Porque mejora el clima, eleva las conversaciones y hace que otras personas entiendan el contexto y se impliquen en él. No por imponer nada, sino por contagio, porque imponer casi nunca suele funcionar bien. Y porque cuando alguien se toma las cosas en serio desde el ejemplo, eso se nota.
Y también he visto lo contrario. Cómo una actitud defensiva, cínica o pasiva puede lastrar dinámicas completas. Especialmente cuando viene acompañada de experiencia y de la influencia que tiene esa persona en el resto. La actitud escala, para bien y para mal, y muchas veces no somos conscientes del impacto que tiene más allá de nuestro propio rol.
Como siempre, un par de conclusiones
La primera es incómoda, pero también liberadora. No siempre podemos elegir el contexto, el proyecto o las decisiones que se toman, pero sí podemos elegir desde dónde respondemos a todo eso. Y esa elección, aunque no lo parezca, tiene un impacto enorme en cómo trabajamos y en cómo trabajan los demás con nosotros.
La segunda es que la actitud no se puede fingir durante mucho tiempo. Se acaba filtrando en las conversaciones, en los silencios y en las decisiones que se toman. Por eso trabajarla no es postureo ni desarrollo personal sino que es, en mi opinión, una responsabilidad profesional, sobre todo cuando trabajas con otras personas.
La tercera es que, en equipos pequeños, la actitud define la cultura. Y en equipos grandes, la amplifica. No es un tema individual sino que es sistémico. Lo que se tolera, lo que se refuerza y lo que se normaliza acaba marcando el tono de todo lo demás.
Y la última conclusión por ahora es que quizá no se trata tanto de preguntarnos si estamos en el sitio adecuado, sino de mirarnos primero y preguntarnos desde qué actitud estamos en ese sitio. Porque muchas veces, sin darnos cuenta, ahí es donde empieza todo.
El podcast
Estoy planificando el podcast para este año, con la idea de ver si consigo llegar a los 100 episodios, y me apetece hacerlo escuchando más que nunca a quien está al otro lado.
¿Qué perfiles o qué tipo de conversaciones te gustaría escuchar, más enfoque en negocio, liderazgo, producto, CRO, investigación, historias personales, o debates abiertos?
Si te apetece, respóndeme a este email y lo comentamos. Mientras tanto, te dejo aquí abajo el enlace para que escuches las 92 conversaciones que llevamos hasta la fecha,.
Lo que he leído estas semanas
Una frase
The question is not whether we will be technologists, but what kind of technologists we will be. Priya Vasanth


Qué bien escribes, Juan
Hay una duda que, a estas alturas de la vida, todavía no he resuelto. Y es hasta qué punto esa "actitud" es fruto de la voluntad y, por lo tanto, hasta qué punto es posible cambiarla. Mi sensación es que hay muchas cosas que son parte de "cómo somos", y que es más fácil buscar entornos donde esa naturaleza funcione... que empeñarnos en cambiarla para encajar en entornos donde lo que hace falta son otras cosas.