Bienvenido, bienvenida a Rodobo, un boletín quincenal que explora cómo mejorar la forma en la que trabajamos, decidimos y colaboramos. Soy Juan Rodríguez Talavera y trabajo en la intersección entre analítica digital, CRO, estrategia de producto y experiencia de usuario.
Últimamente pienso bastante en la responsabilidad que tenemos sobre los lugares en los que trabajamos. No me refiero únicamente a cumplir con nuestras responsabilidades, entregar un proyecto a tiempo o hacer bien aquello para lo que nos han contratado sino que me refiero a algo que creo que también forma parte de nuestro trabajo, que es contribuir a que el entorno en el que trabajamos sea un poco mejor de lo que era cuando llegamos.
Cuando hablamos de mejorar una organización, solemos mirar hacia quienes tienen responsabilidades de gestión. Esperamos que nuestros managers mejoren la comunicación, que los responsables de equipo revisen los procesos o que la dirección encuentre soluciones a los problemas que se repiten. Y es lógico que lo hagamos. Son personas que tienen una responsabilidad mayor sobre cómo funciona la empresa y, en muchos casos, también tienen la capacidad de tomar decisiones que el resto no podemos tomar.
Pero me pregunto si, al poner tantas expectativas en esas personas no estamos renunciando también a una parte de nuestra propia capacidad para cambiar las cosas. Porque el caso es que siempre he creído que existe una diferencia importante entre trabajar dentro de una organización y sentir que también formamos parte de su construcción. Lo primero consiste en adaptarnos a unas dinámicas, unos procesos y unas formas de relacionarnos que ya existen. Lo segundo implica entender que muchas de esas cosas pueden cambiar y que nosotros también podemos participar en ese cambio, independientemente del puesto que ocupemos.
A veces hablamos de las empresas como si fueran algo ajeno a nosotros. Decimos que la comunicación es mala, que hay demasiadas reuniones, e incluso que hay pocas reuniones para conocernos quienes estamos en remoto, que los equipos no saben colaborar lo suficiente o que determinados procesos no tienen sentido. Y seguramente tengamos razón en muchas de esas afirmaciones, pero identificar aquello que no funciona no debería ser el fin en si mismo. De hecho, hace un tiempo publicaba en “Darse oportunidades”, algo que llevo diciendo desde entonces, si soy capaz de ver un problema, también puedo ser parte de la solución.
Podemos proponer una forma distinta de organizar una reunión, compartir información que creemos que puede ayudar a otros equipos, preguntar por qué hacemos algo de determinada manera o dedicar tiempo a explicar mejor una decisión. También podemos interesarnos por cómo trabajan otras personas, aunque sus responsabilidades no tengan una relación directa con las nuestras.
Son cosas relativamente pequeñas que, por separado, probablemente no transformen una empresa. Pero creo que muchas de las mejoras que terminan formando parte de la cultura de una organización empiezan precisamente así. Con alguien que decide hacer algo de otra manera y que consigue que otros encuentren valor en ello.
Por supuesto, esto no significa que debamos asumir responsabilidades que no nos corresponden ni compensar con nuestra implicación las carencias de los demás. La responsabilidad individual no puede convertirse en una excusa para que las empresas dejen de asumir la suya. Hay decisiones que necesitan autoridad, recursos y compromiso por parte de la dirección. Y hay problemas que, por mucho que insistamos, no podremos resolver desde nuestra posición. Pero entre asumir todas las responsabilidades y no asumir ninguna existe un espacio en el que creo que podemos hacer bastante más de lo que hacemos.
También creo que tenemos que aprender a insistir. No me refiero a repetir una queja hasta que alguien nos dé la razón, sino a seguir defendiendo aquellas propuestas que creemos que pueden mejorar la forma en la que trabajamos. A veces una idea no sale adelante porque no es el momento, porque hay otras prioridades o porque no hemos sabido explicar suficientemente bien qué problema queremos resolver. Otras veces, sencillamente, porque quienes tienen que tomar la decisión no están de acuerdo.
Y aunque no todas las propuestas merecen salir adelante, creo que parte de nuestra responsabilidad consiste en no abandonar demasiado pronto aquellas cosas que consideramos importantes para los demás.
Esto exige algo que no siempre es fácil. Implicarse en asuntos que van más allá de nuestras tareas, aceptar que nuestras propuestas pueden ser cuestionadas y dedicar tiempo a conversaciones cuyos resultados probablemente no sean inmediatos. También supone reconocer que podemos estar equivocados y que mejorar un entorno de trabajo no consiste en conseguir que todo funcione como nosotros queremos. Y es que siempre he creído que no deberíamos necesitar un puesto de responsabilidad para preocuparnos por cómo están las personas con las que trabajamos, por si reciben la información que necesitan o por si los procesos que hemos construido les permiten hacer bien su trabajo.
De hecho, creo que una parte importante de la influencia que tenemos dentro de una organización no depende de nuestra posición sino de cómo nos relacionamos con los demás, de nuestra disposición a ayudar y de lo que hacemos cuando encontramos algo que podría funcionar mejor. Y entiendo que no todo el mundo tiene la misma energía, disponibilidad o capacidad para implicarse, y eso también hay que respetarlo, pero sí creo que merece la pena preguntarnos de vez en cuando qué estamos haciendo nosotros para mejorar aquello que tantas veces decimos que debería cambiar.
Porque es fácil acostumbrarse a una forma de trabajar, incluso cuando sabemos que no es la mejor. Es fácil pensar que alguien debería hacer algo y continuar con nuestras tareas. Y es comprensible, especialmente cuando hemos intentado cambiar cosas anteriormente y no hemos encontrado respuesta. Pero me gustaría pensar que nuestro paso por una empresa también puede medirse por lo que dejamos en ella, más allá de los proyectos que entregamos o los resultados que conseguimos.
Al final, pasamos demasiadas horas trabajando como para limitarnos a aceptar que las cosas son como son. Y aunque no siempre podamos cambiarlas, creo que merece la pena intentar que el lugar en el que trabajamos sea un poco mejor para quienes lo compartimos.
Nuevo episodio en el podcast
Con Jaume Comas Palmer.
Jaume es Digital CX Program Manager en Air Europa y cuenta con una trayectoria que le ha llevado por UX, diseño de producto, CRO y experiencia digital.
Entre otros temas hablamos de:
Qué cambia cuando dejamos de observar un producto desde una única disciplina
Cómo debe organizarse un equipo para que CRO tenga una influencia real
Cómo conectar el trabajo de CRO con los objetivos de dirección y del negocio
Cómo combinar research, analítica y experimentación sin utilizar los datos para defender lo que ya pensábamos
Cuándo debemos seguir investigando, experimentar o implementar directamente una solución
Por qué cuando queremos mejorar un producto casi siempre pensamos primero en añadir y no en eliminar
Muchísimas gracias por tu tiempo, Jaume.
Te dejo el episodio aquí abajo y en este enlace.
Lo que he leído/escuchado estas semanas
Una frase
We don’t stop playing because we grow old; we grow old because we stop playing. George Bernard Shaw
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Nada más, por ahora. Nos leemos en la próxima edición.
Gracias.

